
Nunca es agradable ver cómo alguien te roba un bocadillo, pero que otro me ganara precisamente este aperitivo, fue demasiado frustrante. Incluso los humanos estarían de acuerdo en que los chapulines son deliciosos, aunque nunca te llenen. Este se veía particularmente exquisito.
La primera vez que lo vi estaba saltando cerca de mi árbol. Iba sin ningún cuidado hasta que se encontró con una araña. Ella apenas lo notó, pues estaba muy concentrada en la construcción de su telaraña. Orgullosa de su trabajo, preguntó al chapulín qué opinaba de su creación. Este, viendo la oportunidad que le brindaba tener a un protector de ese tamaño y una casa ya construida, empezó a decirle lo hermosa que le había quedado y la envidia que le daba no poder hacer algo igual. Ella, aceptó los elogios sin darse cuenta de que el chapulín ni siquiera había puesto la mirada en su obra de arte.
La araña empezó disfrutar tener cerca al chapulín, para poder contarle por qué las de su especie hacían las mejores casas en toda la naturaleza. Él solo asentía, pero sus oídos eran como una telaraña mal hecha en donde las moscas pasan, pero ninguna es atrapada. Así fue la relación entre ambos hasta que llegó el conejo.
Entonces empezó una enorme discusión entre arácnido y zacatuche. Una argumentaba que un hogar debe estar diseñado como instrumento para conseguir comida. El otro, decía que un agujero en el suelo es el mejor lugar para vivir, ya que fácilmente te protege de depredadores. Sin embargo, en todo el debate el único razonamiento que tomó en cuenta el chapulín fue el tamaño del conejo y su probable eficacia como protector.
Cuando inevitablemente el insecto saltarín fue obligado a participar en la discusión sorprendió a la araña diciendo que una madriguera es mejor que una telaraña. Ese grillo cada vez se me antojaba más, pues a mis ojos se veía igual a una rata.
Pensando que había ganado la protección perfecta, el insecto se fue con el conejo. Cada cri-cri era una alabanza sin sentido a la morada de su “amigo” peludo. Los zacatuches tienen oídos muy sensibles, por lo que no me extraña que se cansara rápido de tanto chirrido. Fue un alivio para él cuando llegaron las abejas.
Las zumbadores iban presumiendo el nuevo panal, construido con el esfuerzo de toda la colonia. El grillo pensó que ellas probablemente eran más poderosas que su actual compañero, debido a la superioridad en números y a su habilidad para volar. Por ello, saltó hasta encontrarse con el panal listo para ganar su favor.
Entre tanto zumbido realmente nadie escuchaba esa pequeña voz hablando de lo impresionante que eran las casas hechas de cera. Fue una pena que los emplumados somos recibidos con hostilidad por los obreros alados; pues ya no podía resistir las ganas de comerme a ese chapulín.
El saltarín a lo lejos alcanzó a ver a un pájaro. “¿Qué puede ser mejor que un animal grande y alado como protector?” pensó y abandonó a las abejas en busca de satisfacer su ambición. Ya tenía preparado su discurso acerca de cómo los nidos eran las mayores obras de arte, que un animal podía hacer; una idea que me sonaría bastante sensata viniendo de cualquier otro.
Lo que él no tenía previsto es que a los pájaros también nos encanta comer saltamontes. Así fue como un descarado gorrión se comió mi bocadillo antes de que éste pudiera decir una palabra.
Días después, la telaraña creada con tanto esfuerzo, fue arrancada por el viento. A la semana, una fuerte lluvia inundó la madriguera, arruinando las largas horas de trabajo del conejo. Treinta días después, el panal se cayó cuando la rama en la que estaba puesto no pudo aguantar más su peso. Las abejas estuvieron de luto durante mucho tiempo, porque con esa rama también cayó el monumento a su habilidad para trabajar en equipo. El pájaro abandonó su casa cuando sus hijos crecieron, sin embargo, éste sigue ahí cerca de mi árbol. Incluso ha sido el hogar de otras aves que no tenían la paciencia de construir uno por ellas mismas.
Todos estos trabajos fueron llorados, algunos fueron imitados y de ellos uno fue reutilizado. Hoy cuando se habla de la madriguera también se habla del conejo, lo mismo que de los otros y sus respectivas obras. Lo interesante es que nadie podía acordarse del chapulín un día después de que fue devorado, ni siquiera el gorrión que me lo gano.
A mí se me pasó rápido la frustración de que me lo robaran. Al final chapulines hay muchos, ninguno te llena y si soy totalmente sincero todos saben igual.
Increible!!!
Me gustaMe gusta
Muchas gracias!!
Me gustaMe gusta