La tragedia de la parvada

Todas las mañanas, los humanos abren sus ventanas para dejar entrar la melodía que se escucha entre los árboles. Para los hombres esa tonada es alegre e inspiradora, aseguran que es una evidencia de que el arte es algo natural; creen que es una señal de la dicha que acompaña al sol. A los humanos les encanta la canción de la parvada porque pueden escucharla, pero no entenderla.

Los que conocemos el idioma de los pájaros, tenemos una reacción distinta a su canto. Cuando empieza a sonar la letrilla en el aire, el jaguar se enfurece gruñendo a quien tenga la desdicha de estar cerca, los cocodrilos se esconden en las aguas mirando con sospecha y odio al mundo que los rodea y las comadrejas huyen de sus casas sabiendo que el fin se acerca. Yo solo escucho con tristeza esa melodía pensando en lo que pudo haber sido una idea noble.

Antes de que los pájaros cantaran, las voces viajaban lentamente. Para los zacatuches era toda una travesía bajar de la montaña para avisarle a las marmotas que empezaba a oler a azufre. Los salmones tenían que empezar su migración a ciegas, esperando que su destino no estuviera infestado de osos u otros depredadores. Si se quería saber qué estaba pasando en los reinos del norte, había que esperar a esa época del año en que las mariposas regresan de su peregrinación.

Un grupo de pájaros se dio cuenta de que los emplumados tenemos una enorme ventaja sobre el resto de los animales. Volar hace sencillo recorrer largas distancias. Entonces decidieron hacer un bien utilizando ese don: informar. Así empezaron a llevar las noticias hacia los lugares más remotos en menos de la mitad de lo que tardaban antes.

Con el tiempo la parvada empezó a crecer. Cuando empezaron, un solo pájaro tenía que recorrer largas distancias para que su información fuera escuchada por todos. En poco tiempo, hubo suficientes miembros de la bandada para diseñar un sistema en el que varias aves estuvieran listas para llevar el mismo mensaje a diferentes lados.

Las marmotas ya no tenían que esperar a los zacatuches para saber si la montaña se estaba despertando. Aquellos que migran podían hacerlo sabiendo perfectamente qué tan seguro era su destino. Incluso, ya nadie molestaba a las mariposas preguntándoles qué pasaba en el lejano norte.

El grupo empezó a ser esencial en la vida de los animales. Varios agradecían a los cantantes con comida o protección. No había animal que no se pusiera a escuchar todas las mañanas la melodía que las aves entonaban. Hasta yo, que no le tengo mucho aprecio al ruido matutino, reconozco el bien que la parvada hacía para el resto.

Es una pena que condiciones en donde todo el mundo te necesita y te respeta, son perfectas para que crezca un cierto hongo. Este merece su propio cuento; lo único que diré es que cuando crece de manera controlada llega a ser un gran eliminador de plagas, y puede servirse en varios platillos que son ricos y saludables. Pero, si no se controla su crecimiento, termina arrasando con todo lo que toca. Los humanos suelen llamarlo “orgullo”.

El hongo creció discretamente en lo más profundo de la parvada. Las aves que dirigían se dieron cuenta de que les encantaba esta nueva atención que recibían. Anteponiendo la relevancia por encima de la importancia guiaron sus canciones en torno a las historias más populares. No había pájaro que no tuviera opinión sobre la pelea entre la rana y el sapo. Se dedicaba un verso entero al nuevo romance entre los flamencos. Fue una pena que muy pocos consideraron importante la historia de la madre oso, es probable que un mayor esfuerzo de la parvada hubiera podido ayudar a encontrar a su cría antes de que fuera demasiado tarde.

Las noticias no solo eran arbitrariamente elegidas, sino también exageradas. El jaguar, que solamente era considerado un depredador muy embustero, se convirtió en un verdadero villano. Según la parvada no había cosa que ese gato hiciera, que no fuera un peligro para el resto de la selva. Hubo un momento en donde las opiniones se dividían entre  estar en contra de todo lo que el felino dijera, o defenderlo de cualquier crítica. La parvada no se dio cuenta de que al intentar desacreditarlo, lo convirtieron en un rey. 

Los zacatuches eran los encargados de pasar cualquier información relevante, sobre las condiciones del volcán a la parvada. Cuando ocurría algún movimiento de la tierra; se asomaba un olor a azufre o el agua presentaba un sabor diferente, los zacatuches pedían que  se informará a las marmotas, recordándoles que estas señales podían o no tener algún significado y que no era necesario alarmarse, solo estar atentos. A los pájaros se les olvidaba dar esta última explicación. Las pobres marmotas vivían presas de la ansiedad provocada por la idea de que cada vez estaba más cerca la erupción volcánica. Yo ya llevo varios años viendo la montaña y esperando a que llegue esta inevitable catástrofe.

Cuando los cocodrilos opinaron que los ríos podían ser más limpios si todos sus habitantes cooperaban, los pájaros cantaron coros enteros sobre la supuesta rivalidad entre cocodrilos y los peces. Las canciones transformaron en realidad, esa falsa enemistad. En la actualidad los ríos siguen sucios porque nadie puede cooperar con sus supuestos enemigos.

Por alguna razón, el fin del mundo es la noticia más esperada. Las aves saben esto y usan este conocimiento para alimentar al hongo que han cultivado. Hay que reconocer que los pájaros nunca dijeron una mentira, pero las verdades tienden a adoptar significados diferentes dependiendo de la manera en que son contadas. La actitud y ambición de la parvada ha causado que el resto de los animales desconfíen de ella.

Hubo otros intentos de hacer lo mismo que la parvada logró. Las iguanas pensaron que podían usar su velocidad para hacer algo similar. No obstante, en vez de ser ayudadas o aconsejadas por los pájaros, fueron criticadas y menospreciadas, originando un resentimiento entre ambos grupos que parece crecer con el tiempo.

Es realmente increíble como el hongo ha crecido tan profundo que las aves culpan a la “baja inteligencia” de los animales, por la falta de confianza que ellos mismos se ganaron.

Desearía poder escuchar el canto que los humanos oyen. A veces su ignorancia es envidiable. Les deseo de todo corazón que nunca entiendan el idioma de las aves. Ya quisiera yo poder disfrutar la melodía de la mañana, en vez de sufrir por la tragedia de la parvada.

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