La receta de la abuela

Hace unos días, dos golondrinas se pusieron a platicar a mi lado sin importarles que algunos preferimos dormir durante el día. Como todas las pláticas entre esos pájaros, el tema de conversación fue cambiando sin ninguna estructura o sentido. Sin embargo, hubo un pedazo de la charla que captó mi interés.

Una le preguntó a la otra “¿crees que hay alguna manera de evitar que la muerte te lleve?”. No me acuerdo qué absurdes le contestó, pero yo sabía la respuesta. Pues conocí a alguien que lo logró.

No muy lejos de mi árbol se encuentra la Cabaña de la Abuela, que generalmente era muy concurrida, sobre todo a la hora de la comida. Esto porque no había humano que pudiera resistirse a la sopa de la abuela.

Ella solía decir que su madre le enseñó la receta cuando era niña. Aunque varias veces la vi prepararla nunca entendí bien qué había de especial en su platillo. Quizás eran los instrumentos que usaba lo que la hacía especial; o tal vez, eran los extraños ingredientes que le ponía. Mi teoría es que algo tenían que ver las sombras, las cuales solo yo lograba notar. Esas que aparecían cuando ella cocinaba.

Antes era de la creencia de que los humanos solo arruinaban su comida calentándola y poniéndole plantas raras; pero no puedo negar que el olor de su sopa era uno de los más deliciosos que he percibido.

A la abuela le fascinaba compartirla. Su comedor siempre estaba lleno a la hora de comer. De todas las personas que la visitaban la que probablemente la hacía más feliz era su nieta, la cual iba a aprender cómo hacer la sopa. Ambas solían pasar el rato cocinando. Al verlas parecía como si a la receta le hubieran agregado un nuevo ingrediente: la alegría.

Inevitablemente la niña creció y dejó de ser dueña de su tiempo. Sus visitas ya no eran frecuentes, hasta el punto en el que desapareció. No obstante, la abuela siguió preparando su sopa, aunque con una sonrisa un poco más corta.

A la huesuda le gusta pararse de vez en cuando debajo de mi árbol. Por esta razón estoy muy acostumbrado a su presencia y puedo sentir cuando está cerca. Desafortunadamente así fui el primero en saber que se acercaba lo inevitable.

El aire alrededor de la cabaña se volvió más frío. La piel de la abuela empezó a palidecer. Sus piernas dejaron de tener la misma fuerza y sus ojos cada vez veían con mayor detenimiento al horizonte.

Cuando la Parka se apareció en una tranquila noche, el mundo se llenó de luto. La gente que antes acudía con anticipación ahora llegaba con tristeza. Años después, La cabaña quedó abandonada y solo yo, de vez en cuando, me posaba cerca para vigilarla.

Con el tiempo pensé que jamás volvería a disfrutar ese exquisito olor, pero un día en el que estaba descansando en mi árbol algo extraño sucedió. No era exactamente el mismo, pero si un aroma muy similar. Lo seguí hasta la antigua casa y ahí me encontré a una señora cocinando sopa.

Era más grande y tenía el pelo de diferente manera, pero inmediatamente reconocí a la nieta que solía ir a aprender. Preparaba el platillo con los mismos instrumentos e ingredientes extraños. También estaban las mismas sombras que solían aparecer, pero noté que las acompañaba una nueva. No puedo explicar cómo, pero reconocí que era la abuela intentando guiar a su nieta en el proceso. Fue así cuando me di cuenta de que las otras sombras eran personas intentando hacer lo mismo. Todas parecían tener rasgos físicos muy similares y no había una sola que no se viera contenta de ser invocada.

Hasta el día de hoy la abuela sigue guiando, junto con los otros, a su nieta mientras ésta le enseña la receta a su hijo. He visto a varias de las personas que solían acompañar a la abuela intentar replicar la sopa y aunque la mayoría no han sido exitosas, cada una es acompañada por las mismas sombras.

Si la golondrina me hubiera preguntado a mi “¿Crees que hay alguna manera de evitar que la muerte te lleve?” yo sabría perfecto que contestarle. Pues sé que la abuela nunca se irá mientras alguien continue haciendo su receta.

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