
El prado, cerca del bosque donde se encontraba mi árbol, fue el lugar que eligió el pueblo nómada para asentarse. Después de pasar una eternidad buscando hogar y compartiendo todo lo que encontraban, se dieron cuenta de que la vida de un sedentario es muy diferente a la vida de un nómada. Ahora tenían que preocuparse por cuál pedazo de tierra le tocaba a cada quien y de cómo iban a repartir lo que cada uno producía.
Para evitar problemas, el jefe convocó a todos a una reunión para decidir cuáles iban a ser las nuevas reglas. Después de tres días, largos como 100 años, y tediosos como la propia discusión, por fin todos estuvieron de acuerdo en un reglamento. Para no olvidarlo, decidieron grabar sus reglas en una gran roca que estaba cerca, pero en un lugar poco visible.
Colocarla al centro de su asentamiento para que siempre pudiera ser vista por todos, se convirtió en una tarea difícil que ocupó a la comunidad entera. La piedra era muy grande y pesada, empujándola no lograban moverla ni un centímetro. Fue hasta que el “tonto” del pueblo descubrió que desde un ángulo en particular podían moverla, lograron ponerla en donde quisieron. De esta manera se estableció el culto de la roca.
La roca llegó a ser considerada sagrada por todos, pues gracias a sus reglas la comunidad pudo prosperar. No había conflictos, el espacio había sido medido para que cada quien tuvieran un espacio suficiente de terreno y recibiera equitativamente parte de los recursos que se producían. También había reglas para elegir al líder y se establecía los límites de su liderazgo, al igual que sus privilegios. Violar el reglamento escrito en la roca era sinónimo de estar en contra de la comunidad.
Desgraciadamente, esto no fue para siempre. Con el tiempo la comunidad creció y todo cambio. Las casas se modificaron; la gente empezó a creer distinto; nuevos líderes fueron elegidos y despojados; y nuevos instrumentos fueron creados para facilitar la vida de todos; lo único que parecía eterno era la roca.
Entre más gente había menos espacio quedaba. El sistema para repartir terreno fue insuficiente, y mucha gente se quedó sin casa. Los afortunados, que tenían los terrenos más grandes, se aprovecharon de la situación y empezaron a contratar y explotar a los menos afortunados. Hubo rumores de que algunos quería modificar este sistema; pero nunca se habló en voz alta porque significaría desafiar a la roca y la roca era sagrada.
Entre menos terreno quedaba, menos recursos se producían. Si se querían seguir las reglas puestas en piedra, se tendrían que excluir a algunas personas a la hora de repartir recursos. Pronto la miseria y la hambruna se convirtieron en la normalidad. Algunos se preguntaron “¿Por qué tenemos que seguir a la roca al pie de la letra?” y la respuesta siempre fue “porque la roca siempre ha estado ahí”.
Entre más hambre había, más difícil fue la tarea de liderar. Hubo líderes que fueron tiranos y gobernaron con mano dura. Hubo otros que fueron negligentes y nunca intentaron solucionar ningún problema. También hubo quienes fueron egoístas, y solo vieron por sus propios intereses, nunca por los de su pueblo. La gente solo los aceptó, pues habían sido elegidos conforme a las reglas de la piedra. Alguien alguna vez tuvo la ocurrencia intentar mover la piedra para no tener que seguir sus reglas, pero fue tratado como un loco porque se creía que era imposible.
Ha sido interesante verlos desde mi árbol. Verlos vivir en sufrimiento pensando que esa es la normalidad. Y sobre todo ver como se les ha olvidado que la roca no tiene nada de sagrado, que no siempre estuvo ahí, y que cualquier persona, empujándola desde la posición correcta, podía moverla.
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